¿Hemos cruzado el umbral hacia una nueva era de ‘no-turismo’?

EN RESUMEN

  • El turismo mundial supera los niveles previos a la pandemia: cerca de 700 millones de viajeros en el primer semestre de 2025, según la ONU.
  • A pesar de este impulso, el cambio climático hace que muchas destinaciones sean inaccesibles y alimenta el aumento de precios.
  • El investigador Stefan Gössling anuncia la era del «no-turismo», con efectos estructurales a medio y largo plazo.
  • La multiplicación de desastres (incendios, deslizamientos), el deshielo de la nieve y la erosión costera debilitan la oferta.
  • Aumento de los costos de seguros, de productos y de soluciones bajo en carbono incrementa la factura.
  • Pérdida de atractivos (playas, temporadas de esquí) y un modelo considerado «al final de un sistema» por especialistas.
  • No es el fin de las vacaciones, sino la re-evaluación de un consumo intensivo, especialmente en el aéreo.
  • Hacia una era del anfitrión y del otium: hospitalidad recíproca y viajes cercanos en lugar de una carrera por el espacio.
  • Señales sociales: contestación al surturismo (p.ej. Mallorca), mientras que los cruceros viven una edad dorada.

El turismo mundial presenta cifras históricas, mientras que los impactos del cambio climático, el aumento de precios y la contestación al surturismo están redibujando rápidamente el panorama de los viajes. Entre destinos debilitados, costos en aumento y nuevas aspiraciones, investigadores mencionan la entrada progresiva en una era del «no-turismo» donde el acto de viajar dejaría de ser un pilar de nuestros modos de vida. Este artículo describe las señales que se acumulan, las tensiones económicas del modelo actual y las posibles vías para un giro hacia una cultura de hospitalidad y viajes cercanos.

El paradoja es sorprendente: el turismo mundial ha superado sus niveles de antes de la pandemia. En el primer semestre de 2025, cerca de 700 millones de personas han viajado internacionalmente, aproximadamente un 5% más que en 2024, y algunos segmentos como los cruceros están viviendo una verdadera edad dorada según las perspectivas de las Naciones Unidas. La curva parece ascendente.

Pero detrás de este auge, otra curva se endurece: la de los aleatorios climáticos y los costos asociados. Incendios, inundaciones, deslizamientos de tierra, retracción de la costa, deshielo de la nieve en estaciones, presión sobre las infraestructuras… Todos estos factores hacen que algunos lugares sean menos accesibles, menos atractivos o más costosos de mantener. Voces académicas, como las de investigadores especializados en turismo y clima, describen una trayectoria donde el viaje perdería su centralidad, esbozando el escenario de un «no-turismo».

La idea no anuncia el fin de las vacaciones, sino el fin de un sistema basado en el consumo intensivo de destinos a través de una industria aérea y de infraestructuras dependientes de energías fósiles. En Europa, la era del turismo de masas nacida después de la Segunda Guerra Mundial se acerca, según estos análisis, a un giro impuesto por la escasez de recursos, la volatilidad de los riesgos y la sensibilidad social de los territorios.

Señales débiles que se vuelven fuertes

Por todas partes, realidades locales se acumulan y se generalizan. Las estaciones de deportes de invierno ven cómo su temporada se acorta y sus costos de producción de nieve aumentan, debilitando su modelo. Las regiones costeras enfrentan la erosión y el aumento del nivel del mar, con playas que requieren ser reconstruidas o protegidas a un precio creciente. Las islas y zonas expuestas a incendios forestales o inundaciones sufren cierres temporales y desconfianza por parte de los visitantes.

Estos fenómenos ya no son puntuales. Se instalan en el tiempo y contaminan la percepción del riesgo, la rentabilidad de los operadores, la planificación de los viajes y la experiencia de los turistas. A medida que los eventos extremos se multiplican, la asegurabilidad de las estancias, la gestión de siniestros y los costos de resiliencia se convierten en variables decisivas en la ecuación turística.

El costo oculto del viaje

La inflación visible (transporte, alojamiento) se suma a una inflación menos visible. El precio de los seguros se incrementa con la exposición al riesgo. El de los productos alimenticios aumenta debido a choques climáticos y logísticos. Las soluciones de bajas emisiones de carbono (renovaciones, combustibles sostenibles, energías alternativas) requieren inversiones que se reflejan en las tarifas. Incluso el mantenimiento de las playas o la protección de las infraestructuras costeras hinchan los presupuestos locales, a veces a través de impuestos turísticos.

Al final, el costo del viaje se encarece, las estancias lejanas se vuelven menos asequibles, y una parte creciente de la demanda se repliega hacia destinos más cercanos o duraciones más largas pero menos frecuentes. El precio real del viaje ahora integra costos de precaución y reparación.

Un modelo económico al borde del colapso

Confundir el contexto coyuntural con la tendencia estructural sería engañoso. El auge actual no borra la trayectoria de fondo: un modelo construido sobre la movilidad masiva, poco sensible a los límites climáticos y materiales, muestra sus fragilidades. Los profesionales anticipan aún restricciones más fuertes sobre las líneas aéreas, impuestos al carbono más altos y una mayor variabilidad de la demanda según las temporadas y los riesgos.

En el plano social, la legitimidad del turismo está en discusión. Manifestaciones de residentes, como las vistas en Mallorca durante el verano de 2025, ilustran un hartazgo ante los efectos del surturismo sobre la vivienda, los servicios y el medio ambiente. Los territorios están probando cuotificaciones, políticas de capacidad de acogida y modelos de co-gobernanza que asocian a residentes, actores públicos y privados.

Cruceros y contradicciones

Que existan cruceros prósperos no invalida la tesis de un cambio de rumbo. Este segmento condensa los dilemas del momento: alta rentabilidad, apetito de demanda, pero presiones crecientes sobre la huella ambiental, la acogida en puertos, las emisiones y la gestión de flujos. A medida que las regulaciones se endurecen y las ciudades imponen límites, el equilibrio entre volumen y aceptabilidad se vuelve más delicado.

Hacia una era del anfitrión y del otium

Más que una desaparición de las vacaciones, se perfila una redefinición de su sentido. El anfitrión remite a la hospitalidad recíproca: construir estancias donde las repercusiones locales, el respeto a las comunidades y la calidad de la relación entre anfitriones y visitantes primen sobre la carrera por el volumen. El otium evoca un ocio rehabilitado, donde se disfruta del tiempo libre sin sobreconsumir el espacio ni multiplicar los desplazamientos.

Desde esta perspectiva, el valor ya no es la cantidad de lugares marcados en un mapa, sino la densidad de la experiencia, el cuidado puesto en los encuentros y la sobriedad de los medios movilizados. Las destinaciones apuestan más por la lentitud, la calidad y la resiliencia que por la extensión infinita de la afluencia.

Proximidad y nuevas prácticas

El movimiento hacia viajes cercanos gana terreno: estancias más largas pero menos frecuentes, exploración de las regiones vecinas, elección de modos suaves (tren, bicicleta, caminata), afluencia desestacionalizada, descubrimiento de áreas menos saturadas. Este cambio, progresivo, responde tanto a la presión climática como a los costos y a la aspiración de una experiencia más significativa.

¿Qué pueden hacer las destinos y los actores?

Los territorios trabajan en la diversificación estacional y geográfica de la oferta, en la gestión de flujos (reservas, capacidades, tarifas), y en la protección de los ecosistemas. Los operadores invierten en la descarbonización (eficiencia energética, combustibles alternativos, renovación), y refuerzan su gestión de riesgos y seguros. La medición de huella y la capacidad de carga se convierten en herramientas de gestión al mismo nivel que el marketing.

A nivel de los viajeros, los arbitrajes cambian: aceptar estancias menos lejanas pero más intensas, priorizar relaciones de hospitalidad sobre el consumo de atracciones, anticipar precios más altos y buscar experiencias alineadas con los límites planetarios. El «no-turismo» no es la ausencia de viajes, sino la transición hacia una práctica más sobria, más local y más responsable del desplazamiento y del tiempo compartido.

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