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EN RESUMEN
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Margot Robbie y Colin Farrell se encuentran en el corazón de una odisea que promete asombro pero se estanca en la duración y el barro emocional. En A Big Bold Beautiful Journey, dirigido por Kogonada, un prologo cautivador — con una melancolía tecnológica que recuerda a Spike Jonze y Her — da paso a un viaje a través de recuerdos clave. La película oscila entre romance hollywoodense y fábula existencial, con acentos de teatro de la memoria al estilo de Alain Resnais. Aunque la idea de un “gran viaje” seduce, la ejecución, a veces pesada y meticulosa, expone los límites de una fantasía que lucha por respirar, a pesar del brillo del dúo estelar.
Una Aventura Asombrosa: Margot Robbie y Colin Farrell se embarcan en un Viaje Largo y Barroso
La película se abre con un hombre empapado por una lluvia intensa, rostro serio, mirada absorbida por la noche. Colin Farrell solicita los servicios de una agencia de alquiler de coches de funcionamiento enigmático para asistir a una boda, como si estuviera sacando un billete no solo para el camino, sino para un viaje interior. Al otro lado, Margot Robbie, mordaz y eléctrica, se impone como el contrapunto perfecto. De este encuentro surgido del azar y la lluvia, Kogonada extrae una promesa: explorar el corazón y sus fricciones a través de un dispositivo narrativo con múltiples facetas.
Un comienzo intrigante bajo la lluvia
Los primeros minutos se despliegan en una tonalidad íntima y digital, donde el aislamiento se mide por la distancia entre dos voces y una interfaz. La pureza formal, la acústica amortiguada, los silencios cargados de expectativa: el conjunto recuerda la dulzura melancólica de Her, sin reproducir sus contornos. El coche se convierte en un umbral, un espacio intermedio donde se escucha, donde se adivina. En Farrell se descubre un impulso bloqueado, en Robbie una ironía como armadura, y en Kogonada el deseo de coreografiar suspiros con faros y gotas.
Una máquina de recuerdos que descarrila
Muy pronto, la carretera abandona el asfalto para sumergirse en una materia más subterránea: el tiempo. El “viaje” propuesto por la película consiste en hacer desfilar los momentos que han moldeado a estos dos seres: ramificaciones íntimas, bifurcaciones, escenas madre. Este périplo memorístico se desea amplio, casi cósmico, y encuentra un parentesco en las narrativas en capas que componen un retrato al revés, similar al reciente Life of Chuck al que hace eco en toques. La idea es seductora, pero la mecánica narrativa a veces se muestra demasiado evidente: se siente la mano, se percibe la costura, se adivina la próxima estación antes de alcanzarla.
Entre romance y reflexión filosófica
La película se sostiene sobre un hilo: el de un romance hollywoodense imantado por el deseo de una fábula existencial. Los personajes se convierten en figuras que cuestionan la identidad, la memoria, el azar, la repetición; y, en segundo plano, la pregunta de si desempeñamos un papel o si nos contamos historias para sobrevivir. Hay reminiscencias de Alain Resnais, de su gusto por la escenografía mental, el teatro en el cine, las identidades superpuestas. Pero donde Resnais dejaba circular lo inesperado, la puesta en escena de Kogonada a veces se tensa sobre la idea, arriesgándose a atenuar la embriaguez.
La carga del glamour
El encuentro de dos iconos impone una doble presión. El aura de Margot Robbie y Colin Farrell magnética en cada plano, pero también se interpone entre el espectador y la herida de los personajes. ¿Cómo compartir sus fragilidades cuando la imagen, soberana, lo absorbe todo? La película juega con esta ambigüedad: busca la vulnerabilidad detrás de la capa, pero el brillo del dúo crea un efecto de vitrina. Se admira, se contempla, se escruta; la empatía, en cambio, duda.
Fantasía contra gravedad: un equilibrio frágil
El dispositivo aspira a una fantasía amplia — un “gran, audaz, bello viaje” — pero la pesadez de la escritura a veces se impone a la respiración. Las metáforas se colocan con insistencia; los rodeos visuales, impecables en lo plástico, luchan por abrirse a lo inesperado. Esta fantasía superpuesta acaba ocultando el latido de los cuerpos y las miradas. El resultado, seductor a la vista, se revela menos vibrante en el corazón.
El gesto de Kogonada, entre precisión y rigidez
Kogonada rara vez ha filmado con tanto cuidado la geometría de los lugares: pasillos que se prolongan, habitaciones como cajas, rutas nocturnas surcadas por halos. Su gusto por la composición milimétrica crea una burbuja de pura forma donde los personajes a veces parecen prisioneros. La elegancia no está en duda; tampoco la sensación de un corsé. La película avanza como un ritual donde cada estación debe entregar su símbolo, arriesgándose a encerrar el viaje en un mapa demasiado dibujado.
Itinerarios alternativos: verdaderos viajes para alimentar la ficción
Frente a esta odisea cinematográfica a veces demasiado marcada, soñamos con brumas, horizontes y accidentes reales. Buscar la aventura más allá de la pantalla es aceptar un barro que no proviene del guion, sino de los elementos. Inspirarse en experiencias concretas — y en la forma de prepararlas — puede darle vida a la palabra viaje. Para un arranque poético y pragmático, los consejos de aventura alrededor de la bahía de Halong recuerdan cómo se piensa una travesía a la altura de las olas y el viento.
Más allá de los circuitos, la curiosidad invita a abrirse a caminos menos concurridos: los relatos de viajeros explorando Uzbekistán y Kirguistán colocan lo inesperado en el centro del recorrido, entre altas mesetas y ciudades de seda. Porque una travesía se comparte, incluso con los más jóvenes, se apreciarán las pistas para imaginar una aventura con niños sin sacrificar la intensidad del terreno. Y si se sueña con un entorno exuberante, el abanico de atracciones en Costa Rica recuerda que un bosque húmedo o un volcán activo invocan una dramaturgia que a veces la ficción lucha por igualar.
Por último, abrazar el camino es a veces reinventarlo: los desafíos de una aventura en coche eléctrico ilustran otra manera de componer con el tiempo, la anticipación, la cartografía y la paciencia. Todos estos parámetros, transpuestos al cine, podrían transformar un “viaje largo y barroso” en una experiencia verdaderamente viva.
Estéticas de la lluvia y de la noche
La lluvia tiene aquí valor de textura. Deja un velo sobre los rostros, suaviza los contornos, ralentiza el ritmo. Las texturas nocturnas diluyen los colores, los faros trazan líneas, la carretera se convierte en cinta. Esta atmósfera, casi táctil, sirve de estuche a una melancolía persistente. Cuando la narración se tensa, la imagen se repliega sobre lo íntimo; cuando se dispersa, ella intenta volver a unir los fragmentos. Esta dialéctica forma/fondo es la firma más sensible de la película.
Oscilación entre promesa y pesadez
Hay en A Big Bold Beautiful Journey un impulso sincero, una ambición de cine-sentimiento que intenta captar lo que nos escapa: los gestos fallidos, las bifurcaciones, la segunda oportunidad. Pero el conjunto se enfrenta a la gravedad de su propia construcción. Quisiéramos que el camino derrapara más, que los surcos fueran sorpresas y no motivos. El viaje, para ser grande, necesita margen; para ser bello, de una textura; para ser audaz, de un paso al lado que la puesta en escena, demasiado preocupada por el alineamiento, permite con muy poca frecuencia.